PARA ELLA(S), NATURALMENTE
En 19 de enero de 1981 falleció Francesca Woodman (Denver, Colorado, 1958 / Nueva York, 1981), a la temprana edad de ventidos años. En aquel momento, este pequeño genio de la fotografía, simplemente era una estudiante de fotografía, cuya muerte pasó completamente desapercibida en el efervescente ambiente artístico neoyorquino. Que sepamos, ninguno de sus profesores (ni siquiera Aaron Siskink) se dio cuenta de que estaba ante una fotógrafa verdaderamente excepcional, con el dato, enormemente significativo (e insólito), de que su obra, formada por unas 800 fotografías, es enormemente precoz y cubre un período que va de los catorce a los ventidos años. Sus padres (ella, ceramista; él, fotógrafo), guardaron celosamente la obra de su hija y años después, a mediados de la década de los noventa, empezaron a divulgarla, estando considerada hoy en día una de las máximas representantes del autorretrato contemporáneo, con los consiguientes elogios de la crítica especializada que habla maravillas de ella (con toda la razón).
Hace aproximadamente una década (concretamente entre el 30 de noviembre de 1999 y el 12 de marzo del 2000) se expuso por primera vez su obra en España. El lugar elegido: “Tecla Sala” de Hospitalet (Barcelona). Sobre aquella maravillosa exposición escribí en su momento en estas mismas páginas: una chica lánguida y triste, de aspecto taciturno, que viajaba en el metro de vuelta hacia casa y que tenía un cierto parecido con Francesca inspiró aquel artículo. En este momento, la musa es otra, pero, por favor, no cortes en seco con tu vida, tal que Francesca, (“Ella cambió los sueños de aquel que celosamente mira la vida pasar de largo”, como dicen los Cowboy Junkies, que casualmente están sonando en este momento en mi guarida pancromática). Fue para mí toda una sorpresa visitar una exposición de una fotógrafa tan joven y experimentada de la que hasta ese momento no tenía la más mínima información. O para ser más exactos: días antes de la exposición una amable alumna me trajo a clase un recorte de prensa, en el que empecé a conocerla (y también a amarla). Desde entonces su admirable obra me interesa muy particularmente. No puedo evitarlo: me fascinan las vidas (y las obras) truncadas por el fatalismo del destino. (Por cierto: dónde esté Francesca Woodman que se quite Cindy Sherman, entre otros muchos farsantes que pueblan el degradado mundo del arte contemporáneo, entre otras razones porque Francesca es auténtica, de una sinceridad e integridad a prueba de bombas).
¿Qué habría pasado si Francesca hubiera superado sus terribles depresiones y hoy día siguiera viva y creando obras de arte? Nunca lo sabremos. Otros grandes fotógrafos acunaron la cámara en su regazo a una edad muy temprana, incluso infantil (en este momento me vienen a la cabeza nombres como Brett Weston, Ansel Adams, Jacques H. Lartigue o Bernard Plossu). Todos ellos (y otros que podríamos citar), superados los tanteos juveniles, han elaborado lo más sustancial de su obra en su etapa de madurez. En cambio, Francesca Woodman a una edad temprana (de los catorce a los ventidos años) construye una obra de una originalidad y una madurez absoluta.
¿Qué elementos más característicos definen su obra? Para empezar, el cuerpo, su propio cuerpo, se convierte en la medida de todas las cosas: “Es una cuestión de conveniencia: yo siempre estoy disponible”, tal como escribiría la propia Francesca en sus diarios íntimos, en parte desvelados de forma póstuma por sus padres, activos propagadores de la obra de su desdichada hija. Esta idea me recuerda bastante un concepto literario de Fernando Pessoa (otro caso especialmente significativo de alguien cuya enciclopédica obra también la conocemos de forma póstuma, de forma fragmentaria, de forma accidental), según la cual: “Escribo de mí porque es el que más a mano tengo”. Fotografío mi propio cuerpo porque en él se encuentra la esencia de mi ser, de mi alma atormentada y rota. Frente a un mundo exterior, inhóspito y extraño, que no hay por donde cogerlo, Francesca opta por encerrarse en su propio drama existencial, en su propia vida, siempre auténtica, siempre fiel a sus principios éticos y estéticos.
Viendo detenidamente las imágenes de Francesca Woodman, (desde las más descarnadas, próximas a un cierto sadomasoquismo, hasta las más etéreas y sutiles, cercanas a castillos de naipes a punto de derrumbarse), da la impresión de que es incapaz de mentir, de crear imágenes en las que no cree. Son fotografías de una profunda fuerza poética, en las que la intuición prima sobre la reflexión teórica: detrás de cada una de sus imágenes se intuye la presencia de un frágil y vulnerable ser humano que vive al límite de sus posibilidades (“En este momento mi vida es como el poso muy viejo de una taza de café”) y para el que expresarse a través de la fotografía es una auténtica necesidad interior (“Las cosas parecen extrañas porque mis fotos dependen de un estado emocional”). Por lo tanto, sus fotografías son una prolongación de sus pensamientos. En este sentido, estamos ante una obra de un profundo sentido espiritual y una gran integridad moral, que nos habla del ser humano, desde lo más profundo de su alma (“Soy un susurrar de sangre en la oreja del hombre, / fiebre del alma, rechazo y ansía de la carne, / cimbel de entrada a un nuevo paraíso, / llama osada y buscadora, / agua, honda y sin miedo, alta hasta la rodilla, / fuego soy y agua, en franca y abierta colisión”, tal como escribiría la gran poetisa finlandesa Edith Södergran, muerta a la temprana edad de 31 años, en el poema “Vierge moderne”)
Perop, quienes busquen carne fresca o morbo gratuito, les ha salido el tiro por la culata (para eso, además, ya está, por ejemplo, Cindy Sherman). Incluso cuando se desnuda en su integridad, algo muy frecuente en ella (mostrando con todo lujo de detalles los recovecos de su grácil y esbelto cuerpo), nos habla de un espíritu libre y atormentado, más que de la materia carnal o sexo en descomposición, ya que, en su caso concreto, el tánatos prima sobre el eros. O como diría, de nuevo Edith Södergran, poetisa con la que podríamos encontrar ciertos paralelismos: “Buscabas una mujer / pero encontraste un alma / Te sientes engañado/”.
En este mismo sentido, no es casual los ambientes en los que contextualiza sus imágenes; abandonados, solitarios, decadentes, incluso lúgubres, ruinosos y decrépitos, con un cierto aire de enigma latente. De ahí que su obra tenga un trasfondo marcadamente surrealista, movimiento que admiraba profundamente, con el dato especialmente significativo de que la única exposición individual que hizo en vida la realizó en una sala de Roma, llamada precisamente “Maldoror”, libro de cabecera de los surrealistas. “Me interesa, diría la propia fotógrafa, las relaciones que la gente tiene con el espacio”. Viendo sus imágenes más características, que últimamente la familia va dando a conocer con cuentagotas, también da la impresión de que le interesaba el contacto directo con determinados objetos, en especial aquellos que tienen significados oscuros, punzantes o dolorosos, dándole asimismo la vuelta a objetos de uso cotidiano, aparentemente prosaicos, que ella los carga de misterio, magia y ensoñación. El dolor y el sufrimiento de estar viva es, en definitiva, una de las claves para intentar comprender una obra, que en determinados momentos puede parecer ingenua, pero que en realidad es enormemente compleja, llena de vericuetos y pistas falsas, que ella se llevó a la tumba, cuando tan sólo tenía ventidos años. O como diría, de nuevo, la gran (y precoz) Edith Södergran: “No salgas descalza a la hierba / mi jardín está lleno de púas”.
¿Por qué escribo sobre Francesca Woodman? Simple y llanamente porque me apetece, he prometido hacerlo a alguien muy especial y, además, tengo la coartada perfecta: acaba de exponer en el “Espacio AV” de Murcia.
A. Molinero Cardenal |